
Perder el sentido del espacio es
sólo cuestión de tiempo. Atrás quedaron las manos, la cara, los besos. Los
pasos se alejan de los pedazos, el uno con el uno se ríen del dos. Correr en
círculos se siente igual que bajar la escalera de dos en dos, nadar en el cielo
no se distingue de volar en el mar. Así las cosas, la vida se empeña en hacer
salir el sol, la cama nos escupe una y otra vez del calor de las sábanas. No se
trata de tomar un café a la mañana, ni de lavarse los dientes antes de ir a
dormir. El problema radica en que la lluvia me impide salir de la casa, que la
casa es chiquita y asfixiante, que no me quiero mojar esta piel de papel.
Escribo sin tipear, cada parpadeo es un pasar de renglón, selecciono el
párrafo, cambio el color de fuente y ahí aparecés vos. Me quejo, te suplico,
lloro desconsoladamente… pero volviste a mudar de cuerpo, te faltaron las
palabras, tu sangre se secó. La vida está sobrevalorada, la sociedad está
repleta de gente que quiere salvar el mundo, pero el mundo no quiere ser salvado.
Por eso cada vez que te morís tengo ganas de festejarlo, por eso cruzo la calle
sin mirar y cuando me tocan bocina cierro bien fuerte los ojos a ver si al
abrirlos aparezco jugando con vos. Ahora la lluvia me quiere mojar la cara,
pero por suerte estoy atrás de la ventana, mientras tanto las ramas se mueren
de frío y el viento hace crujir las hojas contra el asfalto. ¿Dónde quedaron
mis ojos, de qué nube caerán mis dedos, cuándo voy a tener pies más livianos?
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